
Querido Corpi:
Voy a contarte la historia de un hombre del cual me gustaría guardar su anonimato. Este hombre era normal y tenía una vida normal y acomodada. Vivía en una bonita casa unifamiliar, con su mujer y sus dos hijos pequeños; tenía un buen trabajo y dos coches en el garaje; en verano hacía un viaje, siempre al extranjero y en navidades se iba a esquiar al Pirineo. Todo esto lo había conseguido con mucha voluntad y sacrificio. Pero tenía un defecto que impedía que su felicidad fuera completa: estaba obsesionado con la muerte, horrorizado ante una muerte prematura que le impidiera disfrutar de todos sus logros conseguidos con tanto esfuerzo.
Un día se despertó violentamente empapado en sudor a causa de una pesadilla, un mal sueño que le había señalado que ese mismo día moriría de una muerte violenta. Como ya no se durmiera, estuvo pensando qué hacer para huir de ese fatal vaticinio. Aún temprano se levantó y, a pesar de su escepticismo, llamó por teléfono a un número de esos que te echan las cartas del tarot y que te leen el futuro: “edad: 46, signo: tauro”; “Marte está en conjunción con Plutón y entre ellos se ha interpuesto Venus, lo que tiene muy malos augurios, además, Orión le ha echado el lazo a Andrómeda y de su cópula ha salido Canes Venatici lo que significa que yo de usted me quedaría en casa, por si acaso”; 34, 28 € del ala. Era justo lo que había pensado hacer: quedarse en casa alejado de cualquier ocasión que le pudiera acarrear cualquier peligro. Como todos los días, su mujer se levantó un poco tarde y, cuál fue su sorpresa cuando su marido le dijo que no se encontraba bien, que llevara ella los niños al colegio y que hiciera el favor de recogerlos también, porque seguro que por la tarde también estaría enfermo: “pero, ¿cómo no me lo has dicho antes? ¿Sabes lo tarde que es? Y, ¿cómo voy yo a recogerlos si sabes que me viene fatal?”, “lo siento”. Sin otro remedio, la mujer se llevó corriendo los niños al colegio. Él, por otra parte, llamó al trabajo y dijo que no le esperaran, que se tomaba el día libre.
Cuando estuvo solo en casa, cerró todas las ventanas y puertas y las atrancó con muebles, desconectó, con sumo cuidado, subido en una silla y con unas zapatillas de goma, la electricidad, para evitar alguna posible electrocución. Antes de que los niños salieran de casa, les hizo beber de una botella de agua que acababa de empezar, para comprobar que no estuviera envenenada, y comer unas migajas de cinco o seis magdalenas por el mismo motivo; eso sería suficiente para pasar el día. También cerró la llave de paso del agua y del gas, y se acostó. Las horas pasaban lentamente y en su cabeza no paraban de surgir posibles motivos que le provocaran una muerte violenta: la caída de un meteorito sobre su casa, un terremoto de magnitud diez, que surgiera un volcán en el subsuelo de su vivienda, que un gran tsunami alcanzara la ciudad, que Corea del Norte lanzara una bomba nuclear sobre su casa… Así, en un duermevela, pasó todo el día hasta que, a última hora de la tarde, sonó el teléfono: “maldita sea, se me olvidó desconectar el teléfono”. Con una linterna se dirigió al salón con suma cautela mirando arriba y abajo por si había algún obstáculo peligroso que le pudiera hacer perecer. Cuando descolgó el teléfono, la voz grave de una señorita le dijo: “Sr….”, “sí”, “lamento comunicarle que su mujer y sus hijos han fallecido en un accidente de tráfico cuando regresaban a casa después del colegio”. Sr… colgó el teléfono, subió a la terraza del piso de arriba y se tiró de cabeza contra unas rocas del hermoso jardín que rodeaba la casa.